18 de febrero de 2011

MIGRANTES


“Los migrantes no tenían la menor conciencia de rol que estaban jugando. Ellos no soñaban la historia ni se veían parte de ella. Partían de una idea casi mitológica sobre el lugar al que se dirigían pero, de hecho, no lo conocían.” The Inmigrants. Howard Fast.

Los migrantes no tienen la menor conciencia de rol que están jugando. Ellos no sueñan la historia ni se ven parte de ella. Parten de una idea casi mitológica sobre el lugar al que se dirigen pero, de hecho, no lo conocen.

 
Suelo descubrir que, para despertarnos de la modorra en la que nos sumerge la vorágine de la vida actual y el individualismo que nos provoca, una noticia fuera de todo parámetro nos zamarrea ubicándonos nuevamente en nuestra condición de humanos. Volví a pensar ésto cuando supe del nacimiento de una bebé subsahariana a bordo de una “patera” que cargaba a un grupo de personas que partían de África hacia Europa. La pequeña sobrevivió de milagro, gracias al calor que le proporcionaron los compañeros de travesía de su madre y a la posterior atención que recibió de guardias que controlan las costas sureñas de España. Cuando leí esta historia, ya con Migrantes entre manos, no pude dejar de conmoverme nuevamente. Una madre embarazada de 8 meses se había lanzado al mar, en un barquito insignificante, para alcanzar nuevas costas.

Por qué pensar que a aquella mujer no la traspasa el mismo sentimiento de amor hacia su hija como a las mujeres que nos rodean en nuestra vida cotidiana. ¿Qué no harían las madres por la vida de sus hijos? ¿O los padres? ¿O los compañeros de patera por sus propias vidas? ¿Es que creemos que dejar el propio lugar, la propia tierra y sus gentes es una decisión fácil de tomar?

Dejar o partir son dos verbos que pude conocer… peor aún es escapar, y esta madre escapaba.

Dejar, partir, abandonar, escapar, huir. Palabras que me sumergen en la soledad del que migra, del que solo lleva consigo su propia identidad, sus huellas dactilares y con ellas los olores, los sonidos, los abrazos y los silencios.

Los silencios. Las ausencias. El vacío. El abismo.

Silenciados bajo una montaña de estadísticas, de datos económicos, de identificaciones y “papeles” escatimados. Silencios que generan ausencia, la de no existir, de no dar derecho a, la de no ser. Ausentes que se ven vaciados de naturaleza humana, a los que no se los reconoce en su desesperación, sus miedos, sus llantos y sus razones. Un vacío que los enfrenta a abismos de mares, de desiertos, muros o alambrados.

Son los migrantes los que empujan fronteras, los que abren camino entre los límites inventados por quienes han provocado vidas miserables. Las razones por las que tantas personas dejan su lugar de origen no nacen solas, vienen generadas por abusos de unos estados sobre otros o sobre su propia población.

Resulta fácil olvidar la condición humana de los migrantes y de todas las personas que hay detrás. Todos ellos, de forma legal o irregularmente, buscan alcanzar la vida.

No es difícil entender esa aspiración tan humana.

Fernanda Rege, 2011.

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